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miércoles, 18 de julio de 2018

LOS HECHICEROS DE NORTEAMÉRICA


Por extraño que pueda parecer, no existe unía zona específica en el complejo de rascacielos que forma la ciudad de Nueva York, donde pueda hallarse la brujería. En efecto, se halla esparcida por toda la ciudad, en diferentes zonas y con distintos disfraces, desde la parte baja de Manhattan hasta las calles arboladas del sofisticado East Side y, lógicamente, en el barrio de Harlem.
 
La hechicería de Nueva York abarca una amplia gama de cultos. Es un crisol de tradiciones brujeriles, lo mismo que un conglomerado de pueblos y nacionalidades. Cada ola de emigración ha puesto su propia marca de credos sobrenaturales en la ciudad, y los recién llegados han añadido otras creencias a las ya existentes. Ni siquiera los formidables bastiones de la poderosa Wall Street son inmunes a la brujería, ya que hay financieros que consultan, aunque de modo secreto, las cartas astrológicas antes de arriesgar su dinero en el mercado de valores.

En las calles contiguas a la zona portuaria de la ciudad aún se hallan algunos adivinadores o adivinadoras, en casuchas más o menos encubiertas, que practican este arte. Asimismo, hay brujería en el Greenwich Village de Nueva York. Fue allí donde en los años 20 se celebraron fantásticas sesiones de brujería... ¿ficticia o real?

Es cosa pública, además, que la hechicería sigue existiendo en el Village y que, incluso, se anuncia en los periódicos. Como ejemplo, tenemos el anuncio que apareció en una revista de carácter hippie, el cual rezaba así:
 
¿Estás aburrido? ¿Por qué no pruebas la hechicería? Detalles para ingresar en un "convento de brujas", en...

Y de forma más elevada, también podemos citar el anuncio aparecido en la sección clasificada de The Village Voice, un periódico muy antiguo de Greenwich Village.

El anuncio empezaba hablando de un "seminario de hechicería", siguiendo con un curso de astronomía, aparentemente, todo ello a cargo del Instituto de Investigaciones Científicas.

Luego hubo el cursillo de la Universidad de Nueva York, anunciando en el mismo rotativo "la brujería, la magia y la hechicería". Era el título del curso, dirigido por Joseph Kaster. No había nada raro en los otros temas.
Etica: el dilema del hombre actual, el Sol, las estrellas y el sistema solar, la civilización española, etcétera, y entre ellos, la hechicería.

Como es obvio, el tal Kaster hubiera debido hacer hervir un caldero de sangre de murciélago en su clase. Sin embargo, no fue así, lamentablemente. Pero el hecho de que el cursillo existiese bajo tales auspicios demuestra el interés por la hechicería en la América contemporánea y el Nueva York de la actualidad, así como el grado de seriedad con que se practica. Estos cursillos universitarios no son conferencias libres en salones de actos, donde pueden asistir aquellos que no tienen otra cosa que hacer, sino cursos con matrícula pagada. Claro que esto ocurre en Greenwich Village, el distrito donde se reúnen los jóvenes seudointelectuales, desde hace bastantes generaciones.
 
En muchos aspectos, apenas puede considerarse una información exacta sobre ningún tema, por lo que existe la tentación a no hacer caso de tales manifestaciones de brujería en el Village, por legítimas y serias que puedan parecer. Ahora bien, trasladémonos a otra comunidad de Nueva York, una comunidad que ha dado fama a la ciudad y cuya legitimidad no puede negarse: la comunidad de los negocios.
 
En el mundo de los datos y las estadísticas, y las enormes y astronómicas sumas de dinero, la práctica de la brujería se demuestra en hojas de balance, puesto que la brujería es un negocio que mueve millones en la ciudad. Esta suma se ve incrementada si se incluyen partidas tales como los horóscopos y los manuales de adivinación que, desde Nueva York, se envían al resto del país. Dentro de la ciudad, las dos contribuciones principales a estos ingresos son los libros sobre brujería y otros temas semejantes y, sorprendentemente, todo lo que se refiere al vudú.
 
Los amuletos, los protectores contra el mal de ojo, los encantamientos, las muñecas hechizadas y muchos otros artículos para brujería se venden en muchas tiendas, si bien no todas lo anuncian abiertamente. En muchos casos, de forma particular los que se refieren a los componentes del vudú, la fórmula tan conocida de "me envía Joe", es la única que permite al comprador entrar en relación con los artículos de la brujería.
 
Productos como tierra de camposantos y velas encantadas los compran frecuentemente los residentes de Harlem, ya que en este distrito se practica de forma asidua el rito vudú. Aunque esto no excluye su práctica en el resto de la ciudad, y la distribución de los artículos de brujería se extiende incluso por la señorial zona de Manhattan. Ni siquiera la zona apacible de Park Avenue ni los alrededores del sofisticado East Side se libran de la influencia de la brujería neoyorquina.
 
Un residente de Park Avenue que se inmiscuyó en una rama del ocultismo fue Clara Hoover. Se trata de uno de esos ejemplos en que la hechicería termina ante un tribunal de justicia.

Según los periódicos, Clara Hoover declaró que durante una sesión "ouija" con una masajista llamada Margaret Falkner, se enteró de que ella tenía un problema extraordinario. Esto le fue revelado en la sesión durante la cual el espíritu de su difunto padre, Frank E. Hoover, le habló. "Fui maldecida por espíritus malvados y me hallaba en grave peligro", declaró Clara Hoover ante el tribunal. Prosiguió explicando que le había entregado a Margaret Falkner treinta y dos mil dólares (lo cual era exacto) para poder librarse de la maldición. Margaret Falkner, por su parte, declaró que no había recibido tal cantidad. Sólo estaba enterada de unos sobres sellados, los cuales había entregado a un gitano llamado Yuma. Este era quien debía ahuyentar la maldición arrojada sobre Clara Hoover.

Debió de ser un proceso interesante para los leguleyos de Nueva York, ya que el caso, aunque no era único, sí es raro en la Nueva York actual. La brujería, cuando aparece en la superficie de los personajes de East Side, suele presentarse como "divertida" o "artísticamente excitante".

Jacqueline Kennedy empleó el adjetivo "apasionante" en relación con una exposición de arte, que una publicación calificó de "extravagante". La exposición era de los cuadros de William Walton, todos ellos inspirados en signos de brujería. El artista explicó que no eran tales signos de brujería, sino sugeridos por los signos que, durante muchos años, vio en viejos graneros.

Y lo de los graneros era real, si bien en este caso llegaron al público por medio de un arte harto dudoso. Los libros también incitan a la hechicería.

Una librería de la Avenida Lexington, posee miles de volúmenes relacionados con temas de brujería y ocultismo. Su propietario, Zoltan Mason, ha dirigido clases sobre horóscopos, y afirma que existe una clara relación entre las estrellas y las plantas. Culpeper's Complete Herbal se encuentra entre los muchos libros de la tienda, siendo un resumen serio de las propiedades de las hierbas. En dicha tienda también hay obras sobre el misticismo, el arte negro, la alquimia, el yoguismo y la magia, con una sección dedicada exclusivamente a la astrología. Las mesas de espiritismo y las cartas de tarot también se hallan a la venta. Sin duda alguna, muchos compradores que acuden a la tienda encuentran la brujería "divertida" o "extrañamente interesante", como un tema de conversación, un rasgo de personalidad o algo diferente de lo normal. Aunque, de acuerdo con la moda actual, la hechicería se emplea como intento de conseguir una personalidad.

El nacimiento del camp, a comienzos de los años 60, ayudó indudablemente a extender el uso de los artefactos de brujería en estos círculos. Nueva York, como capital del camp, ha sido responsable, al menos en parte, de las reuniones de brujos y brujas con los talentos que frecuentemente decoran y amueblan las mansiones de los potentados.

Por ejemplo, tenemos el apartamento de un prestigioso dibujante, situado en las calles Cincuenta del East Side. Calaveras en miniatura adornan los grandes muros. Las conchas de tortuga se utilizan en toda la decoración. El dibujante lleva túnicas al estilo oriental, con referencias casuales a los cuernos del rinoceronte, artículo muy conocido en el arte de la hechicería.

¿Es camp la hechicería? A veces, la frontera entre lo camp (desfasado) y el ocultismo es sumamente tenue y muy difícil de distinguir. Asimismo, los comienzos camp pueden conducir a la práctica de la brujería en breve espacio de tiempo. Los que ya han cruzado la frontera lo explican con suma sencillez.

"—Es muy agradable y... Las grandes fiestas vudú son un cambio extraordinario dentro de la monotonía corriente...

 
—Alguien de la reunión habló de la hechicería como algo excitante, por lo que pensé, ¿por qué no probar? "

Las actitudes cambian poco, lo mismo que las excusas. O el individuo rechaza la idea de forma radical e irrevocable, afirmando que todo es una "tontería" y que no desea pensar más en ello, o hace descender sobre el tema un telón de silencio. Por lo general, este silencio es un síntoma de complicación profunda en algún modo de brujería, o quizá de satanismo. Ciertamente, el proyecto llega mucho más lejos de lo "agradable" o "en broma".

 
Hallar el ocultismo o la hechicería no es tarea difícil en Nueva York. Con frecuencia, el contacto se efectúa a través de los círculos sociales que, en realidad, son contactos orientados hasta tal arte. Esto es particularmente cierto en el mundo que existe en torno a los pasatiempos. La brujería también se encuentra en el mundo de las llamadas "entretenidas", de igual forma en París que en Nueva York.

Hace algún tiempo, en una reunión social por motivos de negocios, un grupo de gente elegante del mundo del espectáculo, algunos de cuyos asistentes eran personajes prominentes social y artísticamente, ocurrió lo siguiente:

 
El anfitrión era uno de los productores cinematográficos más famosos del país. El conjunto de los invitados pertenecía a la industria cinematográfica (fotógrafos, agentes, asesores, artistas, etcétera). Como es obvio, cada cual tenía un ángulo distinto que presentar o algo que ofrecer. También había en la reunión un grupo de "entretenidas". Una de ellas podía "echar la buenaventura" con un mazo de naipes corriente. La señorita en cuestión se llamaba Nina. Era una negra vivaracha y muy atractiva, de unos veinte años. Antes de echar la buenaventura, advirtió a su interlocutor que no cerrase ningún trato, ya que, según dijo, estaba rodeado por la maldad. Asimismo añadió que pasaría muchos contratiempos por culpa de una joven de cabellos de color paja y que, para conseguir el éxito, debía pasar las aguas sobre ruedas. Sin hacer caso de tales palabras, considerándolas como habladurías clásicas de reuniones, el interlocutor formuló a Nina varias preguntas. La adivinadora resultó ser más seria de lo que se le creía, y bastante entendida en el mundo brujeril de Nueva York. Básicamente vudú, conocía a los principales brujos de la ciudad, incluyendo a un tal Victor, quien tenía un consultorio en la Sexta Avenida, muy cerca de la calle Cuarenta y Dos.
 
Concertó poco después una entrevista con Nina en casa de Victor, ya que deseaba ver a éste y era muy difícil conseguirlo sin un intermediario. No obstante, el hombre a quien Nina le "echó la buenaventura" no consiguió la entrevista, no se sabe si porque el negocio que tenía en proyecto no se llevó a cabo o porque "una joven de cabello color de paja" le estaba causando muchas molestias.
 
Hablar con metáforas suele ser uno de los defectos de las adivinadoras, y las interpolaciones pueden ser oscuras y claras en el significado de las cartas. Sin embargo, Nina había leído en ellas correctamente: el hombre a quien le dijo la buenaventura estaba pasando el agua sobre ruedas, concretamente sobre el puente Memorial de Laware, y el negocio lo había estropeado la maldad.
 
Cuando el hombre regresó a Nueva York, comprobó que el consultorio de Victor ya no existía, aunque la práctica del vudú se hallaba inmensamente propagada. Incluso había atraído la atención de un comisario de la ciudad y, además, en los mercados de la capital se vendían artículos propios del vudú. Actualmente, esta venta está prohibida, si bien es dudoso que haya cesado por completo.

Ciertamente, la venta de artículos del culto vudú florece más que nunca, pese a radicar sólo en tiendas de Harlem.

 
Sin embargo, nadie posee una tienda de objetos del rito vudú, sino un almacén oscuro lleno de objetos religiosos (estatuillas, vírgenes que relucen en la oscuridad, dibujos enmarcados con la leyenda "Dios lo ve todo" escrita en español y otros muchos artículos similares), que generalmente resisten una completa inspección.
 
Filtros, pociones, polvo de cementerios e incienso especial para encantar a un enemigo, forman parte de las estanterías... detrás de una barrera protectora de objetos religiosos. Cuando el comisario de mercados Antony Pacetta comenzó su campaña contra la venta de objetos vudú, envió muestras de sus brebajes para hacer analizar sus ingredientes. Los resultados fueron ampliamente publicados. Entre otras cosas, el comisario afirmó que los aficionados a la sangre de los vampiros no bebían tal líquido. Las redomas que debían contener la sangre sólo tenían agua coloreada, que aunque era una mezcla mortal, tampoco era mágica. ¿Polvo de cementerios? Arena corriente tan sólo. Las velas de la muerte (supuestamente humedecidas en la sangre de la menstruación de una mujer virgen) estaban pintadas con pintura roja. Con la conmoción provocada por la investigación del comisario, no sorprende que los seguidores del culto vudú desearan pronunciar maldiciones y encantamientos contra Pacetta.
 
Sin embargo, hubo otros que, sin saberlo el comisario, también pronunciaron encantamientos a su favor. Al fin y al cabo, el comisario se dedicaba a aniquilar a los impostores y a dejar el campo libre a los verdaderos practicantes del vudú. La brujería, como la política, tiene muchas facciones en Nueva York.

De este modo, sobre toda la isla de Manhattan, la hechicería se practica y predica en diversas formas. El mundo de la Madison Avenue y de la magia se mezclan acaso por primera vez en una orgía, pero la segunda reunión puede tener consecuencias graves.
 
Una mujer puertorriqueña, sirvienta de una acaudalada familia del Bronx, tiene envuelto un pedazo de pan en una cinta de colores. Nadie debe tocarlo de su lugar en la puerta de la casa, insiste, puesto que aquel pan mantiene la mansión libre de los malos espíritus. Un estudiante de misticismo oriental intenta llegar a sartorl en una casa del Village contigua a la que un grupo trata de pronunciar un encantamiento utilizando un antiguo grimoire francés, como libro de texto. Y el cantante moderno que llega al aeropuerto Kennedy, puede ser la última sensación entre los formuladores de horóscopos...


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