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viernes, 13 de julio de 2018

LA MAGIA EN LA EDAD MEDIA


Podría escribirse mucho acerca del carácter y el poder de la Magia, tan floreciente en la Edad Media.  Los viajeros que habían llevado sus exploraciones hasta el interior de África refieren que los indígenas tenían la misma fe que los habitantes del extremo oriente en la maravillosa virtud de los amuletos, a los cuales atribuían todo próspero suceso, creyendo a píe juntillas que había plantas capaces de revelar los yacimientos de metales preciosos, otras que aseguraban el buen éxito en la caza, otras que proporcionaban el elixir de la inmortalidad, etc. La cuestión estaba en dar con ellas.

Dos grandes poderes se dedicaron enérgicamente a combatir en Europa este  conocimiento, la Iglesia y la Ciencia. Pero mientras ésta se aplicaba a desacreditar tales creencias, aquella contribuía a arraigarlas, concediendo la posibilidad de esos prodigios, aunque los atribula al funesto poder del diablo.


Los progresos de la ciencia han sido indudablemente mucho más eficaces que todos los exorcismos católicos para desvanecer los fantasmas de la magia, mas la acción del progreso científico, por lo mismo que es incesante, obra con suma lentitud y solo a fuerza de muchísimos años de propaganda consigue desarraigar de los ánimos populares las preocupaciones que por espacio de siglos fueron su constante pesadilla. Balzac, el gran novelista, ha dicho muy acertadamente en Louis Lambert:

"Nuestro espíritu es un abismo que se complace en los abismos. En la niñez, en la edad madura y en la ancianidad, siempre nos pirramos por los misterios, sea cual fuere la forma en que se nos presenten.»


Muchos hubo que confesaron en el tormento las imaginarias abominaciones de las que eran acusados, por cuya virtud habían de perecer en la hoguera y de las que acabaron casi por creerse culpables de haberlas cometido. Por otra parte ¿cómo no creer en los males de la hechicería, en el poder sobrenatural de la magia, cuando los teólogos y los legisladores les dedicaban sendos títulos en los más serios tratados y el poder social las perseguía con un verdadero lujo de bárbaro ensañamiento?

Así se explica cómo Arnaldo de Vilanova, Raimundo Lulio, Roger Bacon, San Alberto Magno y otros ilustres ingenios, fueron considerados hechiceros a los ojos de la gente vulgar y de los no tan vulgares, acostumbrados considerar como diabólico artificio todo fenómeno físico o moral que su inteligencia no acertaba a explicarse.

Sin embargo, preciso es confesar que los sabios contribuyeron mucho también a arraigar y propagar esta preocupación en el vulgo. Ya hemos dicho que el Cristianismo solo con el trascurso de los siglos y utilizando la fuerza bruta y las torturas, ha logrado desprenderse de las supersticiones paganas y esto aun no del todo, pues para ello habría sido preciso rehacer al hombre, borrando el amor a lo maravilloso de que adolece su alma.

Ahora bien: cuando el sabio que cultivaba las ciencias físicas y naturales en la Edad Media o en los primeros tiempos de la época del Renacimiento, consultaba las obras de los autores antiguos, se hacía ipso facto sospechoso de magia y herejía. A. Maury ha puesto de relieve este hecho, condensando en pocas líneas una multitud de hechos históricos, que conviene tener muy presentes al tratar esta materia:

Todos los desatinos de la teúrgia se mezclaron con ideas realmente cristianas. Ya a principios del siglo XII, Miguel Psellos había hecho revivir en Grecia la demonología neoplatónica. La vieja herencia de la alquimia egipcia, (que se había ido trasmitiendo desde remotas edades entre sus adeptos) los procedimientos que los adivinos no habían cesado de practicar en secreto y cuyos tratados no habían desaparecido por completo, fueron aceptados de nuevo con furor.


Paracelso y  Cornelio Agrippa barajaban en sus doctrinas de magia y alquimia, los nombres de casi todas las divinidades paganas. Los alquimistas creían a la naturaleza gobernada por fuerzas que asimilaban a los demonios de los filósofos antiguos y de los cuales procuraban enseñorearse. Los astrólogos, que presentían la estrecha solidaridad de todos los fenómenos del mundo y de la vida, buscaban en los astros los indicios del destino a que nos condenan nuestra organización y nuestro carácter. La astrología hizo furor. Ya en el siglo XIII, en Castilla, una de cuyas metrópolis, Toledo, era un foco de magia, Alfonso X se había mostrado aficionadísimo a ella. Carlos V la cultivó con pasión, haciendo venir de Italia, donde se estudiaba con sumo ahínco, al padre de la célebre Cristina de Pisan, a fin de aprenderla mejor, de modo que para refutar los errores acreditados por esta regia protección, Gerson compuso medio siglo más tarde su Tratado sobre los Astrólogos, libro que no tuvo por cierto mayor eficacia contra la superstición reinante que el que escribió después Pico de la Mirándola.

Luisa de Saboya, madre de Francisco I, mujer muy dada también a la astrología, quería que Cornelio Agrippa fuera su adivino; pero como este filósofo tenia escasa confianza en dicho arte, a pesar de que no estaba aun completamente desengañado de su vanidad, no aceptó sino el cargo de médico de cámara. Michel de Nostradamus encontró cerca de Catalina de Médici y de Carlos IX, la confianza que le negaban sus compatriotas: ¡tan cierto es que nadie es profeta en su patria! Sus predicciones,  enigmáticas sentencias, siguen hoy en día siendo investigadas y corroboradas por muchos estudiosos. Verdad es que su segundo hijo, que ambicionaba seguir sus huellas, fuéemenos afortunado.

Un astrólogo italiano, Cosimo Ruggieri, inspiró a la esposa de Enrique II, su amor a la adivinación por los astros. Cardan, a pesar de no estimar en mucho la magia, admitía la influencia de los astros; Campanella escribió de magia y astrología; Enrique Etienne había sacado horóscopos en su juventud.


Nuestros reyes no los aventajaban en discreción; Enrique IV llamó al astrólogo y médico Laríviere, cuando nació Luis XIII y al venir al mundo Luís XIV, el astrólogo Morin se hallaba escondido en el aposento para sacar el horóscopo del futuro monarca.

Muchísimos otros ejemplos no menos curiosos y no tan conocidos podríamos mencionar nosotros; mas toda vez que se trata de añadir nuevos datos a los ya divulgados por los modernos y antiguos historiadores, vamos a citar algunos completamente inéditos que hemos encontrado haciendo investigaciones en el magnífico e incomparable Archivo de la Corona de Aragón y que prueban cuan extendido estuvo también en ella este género de supersticiones:

Pedro el Ceremonioso, el 24 de octubre de 1359 recomendaba a su archivero P. de Palau que entregase sus libros de astrología, excepto dos, "uno tras otro y no entrambos a un tiempo" a Dalmau des Planes para que escribiese una gran obra de dicho arte. Aquel mismo día contestaba al astrólogo Dalmau que le había preguntado si debía devolverle uno de dichos libros que obraba en su poder, o aguardar para ello el regreso del rey a Barcelona, mandándole que lo enviase inmediatamente a Cervera, donde se hallaba a la sazón, el monarca.

Como un tercio de siglo antes, el 6 de octubre de 1325, el infante D. Alfonso, primogénito del rey D. Jaime II escribía a un tal García, jurisperito de Tarazona, que un sarraceno llamado Faraig de Valeros, de oficio tintorero, domiciliado en dicha ciudad, le había manifestado que un vecino de la misma, llamado D. Bueno y su esposa, por arte mágico le privaban de ejercer su profesión, impidiendo que hirviesen los líquidos de sus calderas y que ardiese el fuego en sus hornos, por lo cual le pedía humilde y encarecidamente su alta protección y ayuda. Encargaba por lo tanto el príncipe al expresado jurisperito, que con todo ahínco y diligencia formase un expediente en averiguación de los mentados excesos, participando a su tribunal el resultado de estas averiguaciones.

En 19 de junio de 1390 decía Juan T. al gobernador del Rosellón y la Cerdaña que, habiendo encontrado una carta que un clérigo llamado Blas de Cüxbera escribía desde Perpiñán a Mosen Bernardo Mur, escribano, sobre algunos libros de nicromancia que tenia en su poder, le ordenaba que fuese sin pérdida de momento a casa de dicho clérigo y se apoderase en ella de todas las obras concernientes a esta materia, enviándolas juntamente con el cura, y bien custodiadas ellas y él, a Barcelona, para lo que procediese en justicia.

Cualquiera creería al leer esto que D. Juan I de Aragón era un celoso perseguidor de los impíos que se consagraban al cultivo de las ciencias ocultas; mas podemos citar otros documentos que nos autorizan para creer que la causa de todo este celo no debió de ser otra que el deseo de incautarse de la biblioteca y tal vez aun el de trabar relaciones con su dichoso poseedor.

En efecto, en 19 de noviembre de 1387 decía al secretario de la aljama de los judíos de Perpiñán que habiendo mandado a Cresques de Vivers, judío, de la Casa Real, que hiciese venir a su mujer, y a fin de reunirse con ella, ya que se encontraba en Aviñón, no hubiese de alejarse de su servicio, le rogaba que para la manutención de dicha mujer le anticipase quinientos sueldos que le había asignado de renta sobre la aljama.

Hemos visto muchos otros documentos que prueban la gran solicitud con que se interesaba el rey por el bienestar de su astrólogo y el empeño que tenia en que no se alejase de su real persona. A 7 de junio de 1392 escribía el mismo monarca a Hugo de Cervelló, diciéndole que su hermano el duque de Berry le había pedido antaño que le enviase una piedra llamada betzar soberanamente buena contra todo veneno y ponzoña y que como en aquella sazón no tenia sino una, no había podido darle el solicitado amuleto; pero que teniendo entonces dos le encargaba enviase a Barcelona a un sujeto de confianza para recoger una de ellas.

En 13 de agosto del año siguiente manifestaba al expresado duque de Berry que por su fiel caballero G. de Copons le enviaba la prometida piedra, explicándole de paso que la otra se la había legado en testamento su padre, quien «la tenia en grande afección por su extremada virtud». En cuanto a la que regalaba al duque, le aseguraba que la había probado de diversas maneras y que podía responderle de su maravillosa eficacia.

El mismo monarca, en 7 de junio de 1395, escribía a su hija, la infanta D. Juana, condesa de Foix, que «le enviaba  una piedra llamada betzar y una lengua de sierpe, muy buenas como triaca.»

Existen dos curiosísimos documentos referentes al mismo reinado y que prueban la grande afición de Juan I a la ciencia astrológica.

Algunos años antes, en 23 de abril de 1383 decía Pedro el Ceremonioso, a su primo el rey Darminia (?):

«Rey, querido primo: Francisco Mir, portador de la presente, nos ha dicho de vuestra parte que nos rogabais os enviásemos cuerno de unicornio y por lo tanto, querido primo, os enviamos una sortija en la cual hay engastado un pedazo de dicho cuerno, y es probada contra todo veneno.» 

Hemos traducido textualmente al castellano el texto catalán del documento.

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