Debemos a Pitágoras los fundamentos de la filosofía de los Números, basada en las Leyes de los Opuestos, y de quien sabemos que obtuvo sus conocimientos en los templos egipcios guardianes del saber atlante.
A él se debe el actual sistema de división musical, basado en las mismas leyes de progresión y periodicidad de que se vale la Numerología.
El sistema filosófico-religioso que explica por los Números la formación del universo estaba completamente desarrollado en Egipto y había sido empleado no sólo por los sacerdotes egipcios sino también por los chinos, caldeos y hebreos para explicar los misterios de la creación desde tiempos antiquísimos. Pitágoras lo adaptó al alfabeto griego y lo dio a conocer en detalle al mundo occidental.
Las enseñanzas de Pitágoras fueron transmitidas por sus discípulos, uno de los cuales, el más aventajado, fue Aristacus. La escuela fundada por Pitágoras tuvo sus características propias. Cada discípulo debía pasar un período de dos a cinco años en contemplación y absoluto silencio. Era regla de sus miembros abstenerse del uso de las carnes y compartirlo todo en común. Creían en la doctrina de la transmigración de las almas y se caracterizaban por una fe ciega y ardiente que les inspiraba su Maestro: "Mi amigo es mi otro yo" era la expresión de afecto usual entre condiscípulos.
A él se debe el actual sistema de división musical, basado en las mismas leyes de progresión y periodicidad de que se vale la Numerología.
El sistema filosófico-religioso que explica por los Números la formación del universo estaba completamente desarrollado en Egipto y había sido empleado no sólo por los sacerdotes egipcios sino también por los chinos, caldeos y hebreos para explicar los misterios de la creación desde tiempos antiquísimos. Pitágoras lo adaptó al alfabeto griego y lo dio a conocer en detalle al mundo occidental.
Las enseñanzas de Pitágoras fueron transmitidas por sus discípulos, uno de los cuales, el más aventajado, fue Aristacus. La escuela fundada por Pitágoras tuvo sus características propias. Cada discípulo debía pasar un período de dos a cinco años en contemplación y absoluto silencio. Era regla de sus miembros abstenerse del uso de las carnes y compartirlo todo en común. Creían en la doctrina de la transmigración de las almas y se caracterizaban por una fe ciega y ardiente que les inspiraba su Maestro: "Mi amigo es mi otro yo" era la expresión de afecto usual entre condiscípulos.
