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LA CURACIÓN ESPONTÁNEA DE ENFERMEDADES

 
Es preferible hablar de curación autoinducida al referirnos a las remisiones espontáneas de enfermedades que se convierten en anécdotas increíbles, y además pueden decirnos mucho sobre la comunicación entre mente y cuerpo, pero como la mayoría de las personas no creen en la existencia de estas remisiones (la explicación estándar que se les cuelga es la de «error de diagnóstico» o «enfermedad de comportamiento benigno), no ha habido muchos intentos de entenderlas científicamente.
 
La profesión médica siempre da más crédito a la enfermedad que a la persona. Es necesario que nos pongamos a estudiar a la persona y su éxito. En un intento de llenar este vacío, el Proyecto Remisión del Instituto de Ciencias Noéticas de Sausalito, California, está analizando cuatro mil artículos sobre el tema de remisión espontánea, aparecidos en publicaciones médicas del mundo entero.
 
Puesto que cualquiera de estos artículos puede referirse a múltiples casos, lo que está en juego son mucho más de cuatro mil casos, y además el proyecto también tiene en cuenta las curaciones extraordinarias, como las que se han producido en el santuario de Lourdes. Sin embargo, de los miles de casos citados, prácticamente ninguno hacía referencia alguna a las circunstancias personales de los pacientes.
 


Brendan O'Regan, el vicepresidente del instituto de investigación, cita una excepción, tomada de un artículo referente a una mujer con un cáncer de cuello de útero con metástasis, a quien se consideraba un caso de muerte inminente. Su estado se modificó en forma espectacular cuando, como se expresa literalmente en el informe, «el marido, a quien la paciente odiaba, murió repentinamente, tras lo cual ella se recuperó por completo».

Es increíble pensar en los miles de personas que se recuperaron de enfermedades (incurables) y a quienes jamás se les preguntó cómo o por qué pensaban ellas que se habían puesto bien. Cuando efectivamente se les pregunta, como lo han hecho muchos investigadores, se encuentra uno con que más del 90 por ciento de las personas dicen que antes de sanar se había producido en su vida un cambio importante. En ellas ha ocurrido un cambio existencial, y por primera vez en su vida están viviendo de verdad. No ven su enfermedad como una sentencia, sino como un volver a empezar.
 
En su esfuerzo por identificar las pautas psicológicas que puedan tener en común los pacientes de larga supervivencia, se ha consultado en el Registro de Tumores del Área de la Bahía de San Francisco para seguir la pista de personas que siguen vivas diez o más años después de haber sido consideradas por los médicos como enfermos terminales.
 
Si se consigue la autorización para entrevistar a las ochenta y nueve personas que han sido localizadas, ellas podrán arrojar más luz sobre la naturaleza de los factores de personalidad que intervienen en la curación espontánea. Entretanto, investigadores como el doctor George Solomon, Sandra Levy, Joan Borysenko, Nicholas Hall, David McClelland y Candece Pert, de instituciones como Harvard, la Universidad de California en Los Ángeles y los institutos Nacionales de la Salud de los Estados Unidos, están poniendo en claro los misterios fisiológicos de cómo sana la «mente-cuerpo».
 
Poco a poco, también a ellos se los va aceptando como «científicos», invitándolos a dar conferencias sobre los factores psicosociales en la enfermedad y a publicar artículos en las publicaciones médicas tradicionales, como también en otras, más recientes, dedicadas a disciplinas nuevas como la psiconcología y la psiconeuroinmunología. Todavía tenemos mucho que aprender sobre el funcionamiento interno de la comunicación mente-cuerpo, de modo que debemos seguir considerando las pruebas anecdóticas de que disponemos, y continuar con los estudios científicos que puedan avalarlas.


El material anecdótico no es estadístico, pero es cierto, y constituye una prueba que puede ayudarnos a ver hacia dónde orientar la investigación. Tengo la esperanza de que, mientras esta investigación continúa, todos los médicos den a sus pacientes la opción de convertirse en anécdotas vivientes, y no en estadísticas muertas.
 
Hace años que por mi despacho veo desfilar anécdotas que se pueden usar para cambiar sistemas de creencias, y con frecuencia me encuentro con personas, a quienes yo suponía muertas. La mayoría de los médicos no se encuentran con personas así, porque la gente a quien se le ha dicho que le quedan seis meses de vida no vuelve para hacerse un chequeo. Por eso el médico jamás descubre que no se han muerto. Creo que estudiar la vida de estos auto-sanadores debería ser un aspecto importante del intento de verificar, primero, y después identificar, los vínculos entre mente y cuerpo, psique y soma.
 
Debido a su experiencia, psicólogos, neurólogos, endocrinólogos e inmunólogos están mucho más al tanto de estas conexiones que los médicos clínicos. Y los veterinarios: de uno de ellos recibí una carta conmovedora, en que me decía que se resiste especialmente a dar muerte a un animal de compañía cuando éste pertenece a una persona anciana, porque sabe que la pérdida puede significar un golpe grave para la salud de esa persona. Sin embargo, es raro que los médicos clínicos puedan ver estas conexiones, porque a diferencia del médico de familia a la antigua usanza, desconocen la vida de sus pacientes y no les parece que venga al caso preguntar por ella.
 
Debemos tratar de conocer a las personas a quienes cuidamos, como lo hacían los médicos de generaciones anteriores. Deberíamos conocer tanto a la persona como la enfermedad, e interesamos especialmente por aquellas personas que han mejorado a pesar de las probabilidades adversas. No son sólo gente con suerte, sino que se han esforzado por llegar a sanar, y es mucho lo que tenemos que aprender de ellas. Sin embargo, esto no significa condenar ni recriminar a quienes no se recuperan.

Estamos hablando de posibilidades por oposición a probabilidades, no de éxitos ni de fracasos.
 
 
 

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