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LA CAÍDA DE CAGLIOSTRO


Una vez que Cagliostro comenzó su acercamiento con la familia real francesa, el drama se convierte en tragedia.

Aquel cardenal príncipe de Rohan, hermano del de Soubise, tan milagrosamente curado por el mago moderno, se quejaba amargamente del desvío que la reina le mostraba y cometió la insigne imprudencia de confiar sus dudas a la condesa de La Motte, hermosa aventurera sin conciencia, que se propuso explotar aquella confidencia incomprensible en un hombre dotado de un orgullo tan monumental como el de Su Eminencia.

Pasaba esto en 1786, el año del hambre. La reina, deseosa de secundar los deseos de su esposo en favor de sus infelices súbditos, había resuelto hacer economías, empezando por privarse de adquirir diamantes, que era su mayor gusto. Boehmer, joyero de la Casa Real, que no sabia cómo deshacerse de las grandes adquisiciones que había hecho antes de tomar esta resolución María Antonieta, reunió sus mejores diamantes en un collar evaluado en un millón seiscientos mil francos y lo hizo presentar al rey, el cual lo envió a su vez a la reina. Esta lo rehusó, a pesar de todas las súplicas y lamentaciones del joyero.

CAGLIOSTRO, MÉDICO, ALQUIMISTA Y OCULTISTA


En el siglo XVIII, en el siglo de la Enciclopedia y del escepticismo religioso, floreció en Francia el famoso Cagliostro, el rival de Mesmer, del cual se diferenciaba porque sin pases magnéticos, varilla mágica, ni aparato de ninguna clase, curaba a los enfermos solo tocándolos. Como si esto no bastase para labrar en todas partes su popularidad, hacia espléndidas limosnas a los enfermos pobres después de curar sus dolencias, sin tomarse el trabajo de revelar el origen de su opulencia, ni mucho menos el de discutir con los mantenedores de la ciencia oficial la virtud de su sistema.

Como Alejandro de Paflagonia, estaba dotado Cagliostro de aquella expresiva fisonomía y aquel bizarro y majestuoso continente, que fascinan a las muchedumbres y cautivan la voluntad de los discretos, lo cual unido a su proverbial largueza fue causa de que muy pronto se le convirtiese en un tipo fantástico, diciéndose que poseía a fondo todas las ciencias humanas y en especial el arte cabalístico, que le había puesto en posesión de la piedra filosofal. Hasta Luis XVI que se reía a mandíbula batiente de las imposturas de Mesmer, puso a cubierto de todo ataque la persona y reputación de Cagliostro, declarando reo de lesa majestad al que osase injuriarle o hacerle algún daño. AI decir de sus admiradores, este hombre singular poseía todas las lenguas, el elixir de la inmortalidad, una elocuencia arrebatadora y hasta el don de resucitar los muertos.